martes, 14 de mayo de 2013

Abarrota el teatro El Lago de los Cisnes


Por: Miriam Montes Mock




































Ballet Concierto de Puerto Rico recientemente logró lo que toda compañía de ballet en Puerto Rico ansía: llenar a capacidad la Sala de Festivales del Centro de Bellas Artes Luis A. Ferré en sus tres funciones. El público, delirante, no cesaba de aplaudir ante las ejecuciones sobresalientes de los bailarines invitados, Viengsay Valdés y Osiel Gounod, primeros bailarines del Ballet Nacional de Cuba. Al concluir el espectáculo ̶ que duró tres horas y media brevemente interrumpidas por dos intermedios ̶ la audiencia ovacionó de pie la función de uno de los favoritos de todos los tiempos, El Lago de los Cisnes, con la coreografía de Nicolás Beriozoff y música de Pyotr I. Tchaikovsky.





Osiel Gounod como el Príncipe Sigfrido  /  Foto: ©2013 H.Castro
El éxito del evento artístico fue el resultado de una combinación de factores tan vitales como arduos. De un lado, la incansable determinación, el afán por la excelencia y un optimismo a prueba de obstáculos de la directora ejecutiva de la compañía de ballet clásico, María Teresa León y de su director artístico, Carlos Cabrera. No existe otra manera de hacerlo. Había transcurrido poco menos de una década desde que el popular El Lago de los Cisnes regresaba a los teatros del país. Mientras tanto, la administración de BCPR se enfrentaba a la usual limitación económica que desde años recientes sufre la gran mayoría de las compañías de baile en Puerto Rico. Como si fuera poco, debía hacerle frente al desafío de ofrecer un espectáculo que demandaba una exigente técnica y una madurez artística en sus bailarines principales, una sincronización extraordinaria en su cuerpo de baile, y una complejidad significativa en la plástica. La decisión estaba hecha. BCPR se iba en grande. Para cerrar con broche de oro, contaría con la participación en vivo de La Orquesta Sinfónica de Puerto Rico, dirigida por el maestro Rafael Enrique Irizarry. Tener música en vivo durante un espectáculo de danza es sin duda un lujo al que toda compañía de baile aspira, sobre todo en este caso en el que se interpretaba la genial obra de Tchaikovsky con la magnífica calidad de nuestra Sinfónica. Sin embargo, la alianza constituye un reto adicional para el cuerpo de bailarines, debido, principalmente, a la variación en los tempos de la composición musical. A pesar de que, para algunos espectadores avezados el metrónomo no siempre marcó el tiempo ideal para los bailarines, el profesionalismo de estos se impuso y fue capaz de salvar inconvenientes mayores. Y es que la magia que es capaz de provocar en el público una agrupación de músicos apostados en el sótano de la tarima, puede convertirse en un dolor de cabeza para los bailarines, quienes a menudo se enfrentan a la incertidumbre de los tiempos musicales. No obstante el riesgo la función resultó, al menos para la audiencia, en un feliz maridaje entre músicos y bailarines, y la Orquesta se alzó venerable ante el público que la ovacionó.



En una serie de arabesque arrière, pirouettes y fouettés, Viengsay Valdés muestra su maestría manteniendo el tempo de la música en vivo durante su personificación de Odile en el 3er Acto.  Foto: ©2003 Heriberto Castro




















El producto final del espectáculo, a juzgar por el entusiasmo de los espectadores, no pudo ser más placentero.





















No hay duda de que el virtuosismo de Valdés y Gounod fue una carta ganadora. Ella, con numerosas piruetas ejecutadas a la perfección y sus balances prolongados, arrancó bravos de admiración. Mientras tanto Gounod, quien a pesar de su juventud cargó con la inmensa responsabilidad de ser el parejo de una de las bailarinas favoritas a nivel internacional, demostró una asombrosa solidez en su técnica y provocó el fervor de un público embelesado con su ejecución. No exagero si catalogo sus giros como magníficos, pero más aun si destaco el control con el que su cuerpo fue capaz de realizar y culminar saltos grandes. De seguro, la madurez que otorga la experiencia impulsará a este bailarín prodigioso a alcanzar niveles interpretativos aun más admirables. Enhorabuena a los maestros y bailarines cubanos, cuyo adiestramiento en la técnica del ballet clásico brilla por su excelencia.



Mas no todo el éxito recayó sobre el arte de los artistas invitados. La función tuvo otros aciertos que denotan el trabajo arduo que realizó BCPR. El cuerpo de baile, repleto de formaciones geométricas y movimientos uniformados, fue uno de ellos. Si bien tuvo sus fallas, en general logró proyectar la estética de su armonía y el detalle de sus gestos.





Odemar Ocasio, bailarín invitado, cortesía de Balleteatro Nacional de Puerto Rico, estuvo excelente en su interpretación de El Bufón: brío, agilidad, saltos generosos, giros limpios, y una proyección simpática y liviana. Felicitaciones por un desempeño implacable, que dejó al público pidiendo más.





Tania Muñiz
Carmen Ana Rodríguez
Las ejecutorias de las bailarinas principales Tania Muñiz y Betina Ojeda estuvieron a la altura de sus exigencias técnicas. Pero fue particularmente grata la sorpresa del reencuentro con nuestra querida Carmen Ana Rodríguez, uno de los grandes talentos que ha producido el ballet puertorriqueño. Carmen Ana, quien en sus tiempos de bailarina principal de BCPR se destacó por sus bellísimas extensiones, difíciles fouettés y balances sostenidos, regresó al escenario tras un largo receso, en un personaje de carácter. Su proyección fue convincente, vigorosa, como toda una reina caprichosa y altanera. ¡Qué se repita!



Especial mención merece el vistoso vestuario, diseñado por David Heuvel y confeccionado por las expertas manos de Celeste Pupo y Elba R. Cruz. Stella Nolasco estuvo a cargo del vestuario de Odette. Igualmente majestuoso resultó el diseño de la escenografía, a cargo de David Higgins y el talento de los veteranos Nemesio Canchani y Sylvia Levy. Jorge Ramírez estuvo a cargo de las luces y la regiduría de escena.






Ma. Alejandra Castillo en la Danza española
Producciones como El Lago de los Cisnes, con una puesta en escena asombrosa, es sin duda el producto de un sinfín de esfuerzos tras bastidores, algunos de ellos realizados con muchos meses de antelación. Me refiero a la Junta de Directores de BCPR y a los amigos de la compañía, amantes del ballet y quienes generosamente se han comprometido con su desarrollo y su gloria. Son ellos los que realizan gestiones para garantizar los apoyos financieros y los esfuerzos promocionales, entre otras tareas, sin las cuales no serían posibles producciones de este calibre. Entre las actividades que se realizaron, se presentó una subasta con las obras de un puñado de artistas plásticos que se inspiraron en los bailarines y/o en El Lago de los Cisnes. Participaron Sarabel Santos Negrón, Gilbert Salinas, Angélica M. Rivera Reyes, Kilo Mora, Elba Ojeda, Gloria Bosa Osorio y el cubano Ernesto M. Rancaño Vieites, con su obra Assoluta.








Felicitaciones a Lolita San Miguel, fundadora de BCPR, quien no puede negar las huellas del tesón y la búsqueda de la excelencia en cada producción artística. Igualmente reconocemos la labor de Víctor Gili, director de ensayos y maestro de la compañía, y al resto de los instructores, Carlos Cabrera y Paschal Guzmán.



Pienso que Puerto Rico es afortunado al contar con un puñado de gente obstinada en robustecer las artes dancísticas, personas que generan proyectos y alientan el nacimiento de ideas difíciles de alcanzar. Si no fuera por ellos, el ballet se hubiese cansado de crecer. Creo que contamos con un público cada vez más expuesto a una variedad de géneros de baile, a estilos distintos que apelan a gustos heterogéneos. ¡Bravo! por los que luchan; que un pueblo sin arte, es un pueblo moribundo.